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Él

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Lihuen era una persona dulce, un canceriano duró de roer, impenetrable, un hombre fuerte y enorme que podía proteger a cualquiera. Un chico muy gracioso, que se reía con cada maldad que hacía o presenciaba. 

- Te quiero cuidar, te quiero cuidar mucho, Lihuen - le decía siempre que me miraba serio y se quedaba callado -. Así que dejame abrazarte y darte mimos.

Era una nena, tenía quince años y estaba loca por él. Pero Lihuen, lejos de parecer interesado en mi, con su altura de casi dos metros, me corría o me separaba de él como si fuera un enano molesto.

Era bien molesta, bien insoportable, siempre abrazándolo, siempre llamándolo para ver como estaba, siempre queriendo salir con él... Creo que le gane por insistencia, o quizá cuando deje de insistir justamente, fue cuando él se dio cuenta de que me quería, quién sabe.

Con el paso del tiempo crecimos y eventualmente él termino acudiendo a mi siempre.

- No lo soporto más, es terrible.

Lo miraba horrorizada, como si supiera de qué iba su dolor, como si estuviéramos conectados. Me acercaba despacio, abrasándolo suavemente.

- Lo sé, lo sé. Pero tiene que haber una manera, tus sueños son tuyos. Tu presente es tuyo, ¡No renuncies! - le decía.

- Vos no entendes Irene, pero esta bien - respondía acariciándome las mejillas.

- Claro que entiendo, ya pase por esto. Sigo viva, sigo acá. Quedate conmigo Lihuen, no te vayas. No escapes de mi.

Lihuen siempre sonreía cuando la conversación iba en esa dirección.

- No me voy a ningún lado, nena. Te tengo que cuidar, ¿No ves que sos un desastre? Andas con cualquier cantidad de chicos y no sabes ni qué hacer.

Terminábamos riéndonos ambos como bobos. 

Durante mucho tiempo lo había amado demasiado, más aún cuando me contaba lo difícil que era su vida y cómo lo afrontaba. El haberme quitado a mi madre desde tan joven, hizo que creciera queriendo ser todo lo que no tenía: una mamá. Es por eso que ante alguien mal soy la primera que corre a ayudarlo, a cuidarlo. ¿Acaso no son así las madres? ¿Abnegadas al punto de no comer para que sus hijos coman? ¿Cariñosas para que crezcan con amor? ¿Amorosas y pacíficas? Pues yo quería ser todo eso y más. Cada alma en pena que ha tocado mi puerta, ha recibido la paz que una madre puede brindar, un buen oído, comida y amor. No fue diferente con Lihuen. Él necesitaba amor, yo necesitaba dar amor para llenar el vacío en mi interior, todo se dio natural.

En retrospectiva, no he cambiado mucho. Tenga o no ese vacío, aún necesito dar un amor maternal para sentirme bien conmigo misma, cariño que enfoco en mis mascotas que son parte de mi familia. 

Le prometí a Lihuen que lo iba a cuidar, que lo iba a sanar, que lo iba a alejar de todo lo malo, pero yo no estaba estable, yo no estaba sana. Así no podía cuidar de nadie, más viendo la monotonía en la que me sentía atrapada a su lado, huí. No fue él quién huyo de mi, fui yo quién huyo de él. Porque no quería ese tipo de relación con alguien, esa monotonía absorvente. Quería vivir, necesitaba un hombre dispuesto a vivir tanto como yo. Así que de la manera más egoísta, lo abandoné. No era feliz a su lado.

Se suicidó.

Su rostro, su pelo, sus labios suaves, sus manos grandes, su enorme pecho, su altura, su sonrisa, el sonido de su voz retándome o amándome, todas cosas que no olvidaré. 

Algún día cuando mis hijos me pregunten si tuve un mejor amigo, les contaré su historia. Cómo la vida lo orilló a eso y cómo nadie pudo salvarlo, para que entiendan la importancia de vivir cada momento al máximo con las personas que aman. Y que si uno no se salva primero, no puede salvar a nadie.

 

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